Adiós al General Cárdenas: las ruinas de la utopía agrícola en Apatzingán, Michoacán.

Posted on 14 febrero, 2013

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Un busto del General Lázaro Cárdenas se oxida en el patio de una bodega abandonada, la placa es ilegible, la maleza se adueña de todo.

Apatzingán es una ciudad de 100,000 habitantes que está en el medio de la Tierra Caliente michoacana. Es un territorio candente de la Narcoguerra que desde hace siete años desangrara a México.

Agradecimiento y máximo respeto al abuelo de mis hijas por compartir todos estos lugares y a todos los apatzinguenses que reman a contracorriente en medio del desastre.

A pesar de que en el 2006, el entonces presidente putativo de México –Felipe Calderón, un michoacano de nacimiento- declaró aquí el inicio de las hostilidades de la narcoguerra de justicia punitiva, las calles de Apatzingán son en 2013 un festival del caos y un gozo de la injusticia social.

Los “chicleros” espían a las fuerzas del orden desde sus motos, las ondas radiales están llenas de narcocódigos, los federales y el ejército desfilan en pesados convoyes llenos de agentes temerosos, los envirusados desfilan alegremente en las trokonas, los narcocorridos suenan a todo lo que da.

Y es que la vida aquí es difícil, hace 70 años que no hay una inversión relevante en estos rumbos y por eso la mitad de los apatzinguenses viven en Estados Unidos. Los pocos que han llegado a la educación superior se han ido a las capitales. Los que se quedan o viven en trabajos gubernamentales o de la agricultura legal… y la ilegal, ya sea en su brazo armado o en su brazo operativo. Finalmente, el narcotráfico es sólo un negocio agrícola.

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Felipe Calderón inaugura la Narcoguerra en Apatzingán. Felipe terminó su mandato y se fue a Harvard, la narcoguerra se quedó en Apatzingán.

En el BlogChinaco ya se analizó la importancia estratégica de Apatzingán en la narcoguerra al ser la puerta de la segunda cordillera más productiva de mariguana, opio y recientemente de drogas sintéticas que se exportan a Estados Unidos, el máximo consumidor de drogas del mundo y principal atizador de la narcoguerra.

Pero ¿cómo llegó Apatzingán a ser un narcoterritorio?.

El paraíso agrícola que se fue.

Ya en el siglo XIX Apatzingán era un lugar agrícola de importancia pues está bañado por múltiples ríos que nacen en las montañas de la Sierra Madre y de la Sierra de Tancítaro. En el aislamiento de Apatzingán, el General Morelos y el congreso independentista hallaron refugio para promulgar la primera Constitución Política de México.

A principios del Siglo XX los latifundistas italianos de la mano del famoso Dante Cusi encontraron un paraíso agrícola por desarrollar. Hicieron las primeras mediciones topográficas y obras hidráulicas para domar a los ríos Tepalcatepec y Apatzingán. Por supuesto, se adueñaron de todo lo que encontraron a su paso, todos los presos y jodidos de Tierra Caliente trabajaban para Dante y el viejo dictador Don Porfirio le hacía generosos prestamos públicos.

Dante y sus latifundios sobrevivieron a la revolución, pero no a la Guerra Cristera, lo cual es una curiosa paradoja. Los cristeros trajeron el alboroto a la Tierra Caliente y el encargado de combatirlos fue el General Lázaro Cárdenas que se hizo un amante de la región.

Después ya siendo Presidente de la República, el General Cárdenas mandó comprar a los Cusi su imperio agrícola y a hacer comunas agrícolas llamadas ejidos. Decenas de ellos se formaron en la Tierra Caliente y sus alrededores. Al dejar la presidencia y acabar la Segunda Guerra, el General Cárdenas se fue a la Tierra Caliente y a dirigir su utopía agrícola desde la Comisión del Tepalcatepec, una figura burocrática para industrializar zonas agrícolas.

El General Cárdenas dirigió la expansión de la zona de riego, mandó construir escuelas de agricultura, trajo la electricidad, la carretera, las presas, el teléfono y el tren. La población de Tierra Caliente creció y el experimento parecía funcionar. Gente de todos lados acudía a admirar las avenidas gigantes, muchachos sin educación  llegaron y se hicieron obreros especializados, el tren viajaba repleto de limones y melones, su silbato anunciaba la buena nueva que Apatzingán estaba creciendo.

Pero el General se hizo viejo, los socialistas se fueron debilitando y El Capital regresó por lo perdido. El subsidio agrícola fue desapareciendo, la ordeña del presupuesto se fue institucionalizando, la comunidad sucumbió ante el negocio individual, el ejido desapareció ante los arrendadores. El mercado internacional y el Tratado de Libre Comercio acabaron con el resto.

Narcocombates alrededor de las perifierias miserables de Apatzingán.

Después de los narcocombates en las perifierias miserables de Apatzingán.

Cuando llegaron los años setentas el nacotráfico empezó a florecer en la periferia del paraíso agrícola en decadencia. Los jodidos que no alcanzaron a subirse al descarrilado tren del progreso se fueron a las sierras a fundar caseríos miserables y alrededor  sembraron mariguana para subsistir y… pasó lo que ya sabemos.

El tren ya no existe, las fábricas agrícolas están en ruinas, los centros de distribución ejidales son cascajos, el ingenio es irreconocible, las enormes avenidas que se hicieron están hechas pedazos. El narcotráfico es el nuevo latifundista de la Tierra Caliente y no tiene ningún interés en compartir su riqueza.

Este es un recorrido fotográfico por las ruinas del paraíso agrícola del General Cárdenas.

La limonera

La Unión de Ejidos “General Lázaro Cárdenas” mejor conocida por todos como La Beneficiadora, fue un complejo industrial donde los ejidatarios pesaban, procesaban y mandaban a comercializar su producción de limones, los pagos se repartían entre los ejidatarios. Cuando llegó el neoliberalismo y el Tercer Mundo se creyó el mandato del Primer Mundo que había que eliminar los subsidios agrícolas, se acabó La Limonera. Fue abandonada a su suerte y todo el metal fue saqueado, la báscula, el cuarto frío, las bandas, todo se fue. Ahora es un refugio de indigentes.

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Fertinal

Fertilizantes Nacionales era una compañía estatal de agroquímicos. Ahí se llevaban a cabo estudios de suelo y se preparaban las mezclas adecuadas de fertilizante por los ingenieros agrónomos estatales. FertiNal al igual que Conasupo y todas las agencias reguladoras de la economía del campo fueron liquidadas en los años 90s. El mercado de agroquímicos quedó listo para las transnacionales de Monsanto y Bayer que venden fertilizantes e insecticidas sin ningún control ni asesoría a los producotres. El edificio de cantera que alojaba a FertiNal ha sido devorado por las yerbas, todo el metal saqueado, las oficinas y bodegas apenas se reconocen.

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Barita de Apatzingán.

Barita no fue una industria gubernamental, era una industria privada. El mineral barita era procesado en Apatzingán pues se utiliza como erosionante durante la perforación de pozos de agua o petroleros. Cuando las obras hidráulicas cesaron de realizarse de forma continua en la Tierra Caliente, la razón de ser de Barita terminó. Hoy, Barita es otra industria más abandonada en el viejo parque industrial, en su interior sobrevive un taller de camionetas. Cerca de 3000 m2 de galeras industriales están abandonadas, esperando que el crecimiento urbano haga que tengan un valor mayor que su recuerdo.

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Despepitadora Tepalcatepec

El algodón fue uno de los más valiosos cultivos de Apatzingán. Por todo el valle se recolectaban toneladas de pacas de fibra que se mandaban por el tren hacia el resto del país. Cuando las fibras sintéticas Chinas y de Estados Unidos inundaron el mercado nacional, la industria algodonera empezó a morir. Lo anterior, aunado con plagas que no fueron reportadas por los corruptos inspectores fitosanitarios, acabó con uno de los cultivos hoy más apreciados por el mundo, pero que en Apatzingán hace más de 20 años que se dejó de producir. Hoy, la Despepitadora y la Algodonera son galeras gigantes vacías en especulación comercial, parece ser que la maquinaria sigue ahí, pero sólo hay un anuncio que venden tabiques.

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El ingenio de Apatzingán.

Esta zona alguna vez también fue cañera, pero sin ayuda técnica ni inversiones, los ingenios quedaron obsoletos y en las tandas de privatización fueron desmantelados y abandonados. El terreno fue fraccionado y del ingenio sólo queda la base de aquella enorme chimenea mejor conocida como El Chacuaco, palabra en P’hurépecha que significa “fumador”.

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La estación de tren.

Las vías del tren fueron las arterias por las que corría la riqueza de la región. La gente mayor comenta lo orgullosos que se sentían de oír el silbato del tren en las noches sentados con su familia y descansando después de un día de extenuante trabajo en el clima caliente de Apatzingán. Hoy, las vías del tren han desaparecido bajo casuchas miserables y la estación del tren transmutó en Casa de la Cultura, al menos corrió mejor suerte que su estación hermana en Uruapan que es un picadero de heroinómanos. Parece ser que el único país del mundo que despedazó su red ferroviaria fue México. La privatización de Ferrocarriles Nacionales en los años 90 entregó a los yankees la red ferroviaria y muchas rutas no sólo fueron canceladas, sino que totalmente desparecidas, con vías y todo. Los poderosos dueños de las compañías de trailers aplaudieron la decisión, lo último que les conviene es algo de competencia.

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Las avenidas.

 El progreso se abrió paso a la mala entre los barrios originales de la vieja ciudad. Se abrieron grandes avenidas y estacionamientos para los camiones repletos de mercancías que se movían hacia el patio de la central de trenes. De aquel patio apenas se ve el bosquejo. Los boquetones han invadido como viruela a las grandes avenidas, incluso la rotonda del impresionante monumento al General Lázaro Cárdenas no ha podido escapar la falta de mantenimiento.

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Los cinemas

 Con el auge económico llegó la magia de los cines, y con la decadencia se fue. De los seis cinemas que había en Apatzingán hoy sólo funciona uno y a duras penas. El resto luce como otras ruinas más de un tiempo que se fue y que tal vez nunca volverá.

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Para saber más El Fantasma Pachuco recomienda:

“La Tierra Caliente de Michoacán” por José Eduardo Zárate Hernández. Editado por  El Colegio de Michoacán, 2001.