Ixmiquilpan, la primera frontera de la Nueva España.

Posted on 1 febrero, 2012

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Danzan frenéticamente al ritmo de los teponaztli y los huehuetl. Resuenan los centenarios cantos de guerra. Ahí están todos los guardianes de la noche, los Jaguares, las Águilas, los Coyotes. Ricamente ataviados con sus armaduras y sus chimalli, se preparan para la guerra, para la incomparable muerte en la batalla. Son los mensajeros del Atl Tlachinolli, la promesa de que el agua arderá en fuego. Sus sombras se reflejan en las murallas del templo-fortaleza de su patrón, el Guerrero Divino y Líder de las Huestes Celestes. En pleno mitotl los guerreros Otomíes levantan sus brazos y piden: “¡San Miguel Arcángel, protégenos!”.

Al día siguiente parten hacia ese territorio inhóspito y hostil llamado la Gran Chichimeca. Es 1570 en Ixmiquilpan, cincuenta años después de la caída de Tenochtitlan.

Et factum est proelium in caelo, Michael et angeli eius, ut proeliarentur cum dracone. Et draco pugnavit et angeli eius…

Y sucedió una batalla en el Cielo, Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón. Y el Dragón contraatacó con sus ángeles…

Apocalypsis Ioannis 12:7

La fortaleza de la frontera

Ixmiquilpan es una ciudad de vida apacible. En su enorme plaza los niños corren tras burbujas de jabón, sus padres disfrutan nieves de todos los sabores y los viejos hablan animosamente en Otomí (localmente Ñahñú). Este hermoso cuadro provinciano hace difícil pensar que Ixmiquilpan fue hace 450 años una ciudad de frontera y epicentro de una sangrienta guerra que duró cuarenta largos años.

Ixmiquilpan está situada en la boca del valle del Mezquital, en el centro del México moderno y forma parte del Estado de Hidalgo.

La Iglesia-Fortaleza de Ixmiquilpan el día de hoy. Monumento de turbulentos tiempos pasados.

Su posición es perfecta para fines defensivos. Está en una colina con una gran montaña que cubre su retaguardia y sus flancos. Desde un punto alto se observa todo el valle. Cualquier movimiento de enemigos puede ser detectado a kilómetros alrededor.

En medio de Ixmiquilpan se encuentra una fortaleza artificial: el Convento Agustino y su iglesia dedicada a San Miguel Arcángel. La iglesia se sale de los cánones de las iglesias coloniales ornamentadas y abiertas que hacen famosas a la Ciudad de México o a Puebla. La Iglesia de San Miguel es un bloque enorme con amurallado exterior e interior de decenas de metros de alto, ambos coronados por almenas. Casi no tiene ventanas y las que tiene son muy altas. Sus puertas son estrechas.

Cuando la Nueva España era apenas una serie de conventos, minas y ciudades débilmente interconectadas, Ixmiquilpan y su imponente fortaleza-convento fueron la vanguardia de la Guerra Chichimeca. Detrás de sus murallas, un ejército de indios Otomíes defendió y expandió a su débil y naciente Nueva España y a su fe católica. En las montañas y desiertos al frente del valle se atrincheraron los pueblos nómadas chichimecas -Pames, Guachichiles, Caxcanes, Zacatecos- oponiendo la más feroz resistencia en defensa de sus territorios y cultura original.

Mapa de la Nueva España en 1570. La incipiente nación está debilmente conectada entre sí y enfrenta un enemigo que probaría ser invencible por la fuerza: las naciones chichimecas del norte. Ixmiquilpan es una de las avanzadas de esa frontera hostil de 500 km de longitud.

Un santo patrón para los guerreros

Sincretismo es hacer que dos creencias sean compatibles. Las más vistosas tradiciones de México son puro sincretismo: Día de muertos, Matachines, Chamanes, Santos, Virgen de Guadalupe. Los viejos dioses se mezclaron con los nuevos. Después de todo, españoles e indios, no eran tan diferentes, ambos eran guerreros de profundo carácter espiritual. Ixmiquilpan es la imagen congelada en el tiempo de este proceso de mezcla.

Los Otomíes prehispánicos fueron un pueblo cuya especialidad fue la de ser feroces guerreros para la Triple Alianza liderada por los Mexicas y su orgullosa capital, la Gran Tenochtitlan. Pero a pesar de haber derramado sangre por el Imperio Mexica, los Otomíes siempre fueron “otros”,  eran hablantes de otro idioma,  nunca dejaron de tributar,no participaron en alianzas ni ganaron nuevos territorios. Así cuando llegó Hernán Cortés, se unieron en masa a la gran revolución que derrumbó piedra por piedra a Tenochtitlan. Una vez instaurado el nuevo poder, los Otomíes tomaron con decisión la misión de asegurar y expandir a la nueva nación y a su fe.

Murallas de la Iglesia-Fortaleza de Ixmiquilpan. Avanzada de la expansión de la Nueva España.

Entonces, ¿A nombre de quién se levantaría la fortaleza católica de los guerreros Otomíes?. Ellos cuyo patrón es el guerrero celeste Tezcatlipoca, el omnipresente Señor del Cerca y el Junto. La selección obvia y natural fue San Miguel Arcángel, el de la eterna armadura, el que alza la espada contra el Diablo, aquel cuyo nombre al ser evocado por sus enemigos pregunta: ¿quién es como Dios?.

Así, la Iglesia de San Miguel Arcángel fue la base de donde partieron sus misiones y fue la muralla que los protegió cuando estaban heridos.

Las batallas de la Milicia Celestial

Si la Iglesia-Fortaleza es impresionante por fuera, por dentro es un espectáculo visual que lanza electricidad por todo el cuerpo. Las paredes y techos están ricamente decoradas con frescos que retratan terribles batallas y símbolos antiguos de guerra.

A la entrada de la iglesia se plasma en imágenes la ideología de los guerreros Otomíes. Ellos que conquistaron Tenochtitlan y heredaron su grandeza, ellos que llevan el Atl Tlachinolli, que pueden convertir el agua en fuego, vencerán sobre el mal y los demonios.

Ahí van todos los guerreros Otomíes transmutados elegantemente para la batalla en Jaguares, Águilas y Coyotes. Son al mismo tiempo las huestes nocturnas de Tezcatlipoca y las huestes celestiales de San Miguel Arcángel.También están sus enemigos feroces. Flecheros Guachichiles de cabellos rojos, negros cimarrones rebeldes, amazonas Chichimecas, centauros y dragones demoníacos.

Escenas de terribles y sangrientas batallas durante la Guerra Chichimeca. El bien contra el mal.

Se pinta el fervor de la batalla, los ojos desorbitados, el grito de guerra y de dolor –sí, el sonido se pintaba en mesoamérica-, las cabezas cercenadas, la palidez del que es golpeado por un macahutil.

Viejos guerreros sin historia

Estos guerreros Otomíes fueron la punta de lanza en la conquista del norte de la Nueva España, los territorios que hoy ocupan Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro e Hidalgo. Sin embargo, sus pasos han sido casi borrados de la historia popular. Salvo el ejemplo de Conin, o mejor conocido como Don Luis de Tapia –conquistador y fundador de Santiago de Querétaro- poco se sabía de estos guerreros.

Cuando la Guerra Chichimeca probó ser demasiado costosa en hombres, recursos y dolor, se cambió la estrategia de conquista de “fuego y sangre” por la de un “remedio cristiano”, es decir, la conquista cultural de los chichimecas por medio de ciudades, comercio y fe. Los Agustinos fueron los últimos en ceder y para 1590 la guerra había acabado y los murales de Ixmiquilpan fueron cubiertos con yeso. La milagrosa supervivencia de los murales y su redescubrimiento en 1955 atrajeron la atención que estos hechos esperaban.

Estos maravillosos murales nos cuentan una historia donde la Nueva España fue construida no sólo por españoles, sino también por indios –ni esclavos, ni forzados- que decidieron ser actores de su propia historia. De ellos heredamos esta nación sincrética y mestiza.

Fotografías de los murales de la iglesia

Un guerrero rubio con un escudo estilo europeo pero armado de una macana de obsidiana mesoamericana enfrenta valerosamente -de izquierda a derecha- a un Guachichil (pelo rojo), a un negro rebelde y a unos flecheros Chichimecas. El guerrero rubio porta una cabeza cercenada en su cinturón. Arriba, una águila victoriosa es flanqueada por dos jaguares que lanzan un rugido, símbolos inequívocos de Tezcatlipoca. El glifo del lugar de la batalla está desafortunadamente borrado por siempre.

A pesar de estar rodeado de bestias extrañas, un guerrero avanza con decisión sobre unos flecheros chichimecas que lo observan en pánico. Blande su espada de obsidiana y al igual que otros guerreros, lleva una cabeza cercenada en su cinturón.

Un medallón orientado hacia la sierra funciona como lente de aumento indicando lo que sucede allá: los ejércitos cristianos Otomíes avanzan imparables sometiendo a las naciones Chichimecas.

Otra águila victoriosa flanqueada de jaguares lanza un grito de guerra (¿atl tlachinolli?) mientras se posa sobre una planta que posee las propiedades de un nopal y una verdolaga, símbolos de la desaparecida Tenochtitlan y de su heredera Ixmiquilpan. Abajo se libra una fuerte batalla.

En medio del combate, un guerrero Otomí observa incrédulo y con ojos desorbitados cómo un diabólico dragón rescata a un chichimeca malherido.

Un guerrero jaguar en regalía completa de combate levanta su espada contra un enemigo de quien sólo vemos su mano. Ya ha decapitado a un enemigo. Grita algo fuertemente en el calor de la batalla mientras un centauro se prepara para atacarlo por la espalda... ¿sobrevivirá?.

Un escalofriante centauro con pies humanos que porta la cabeza decapitada de un guerrero otomí en su cinturón cabalga el campo de batalla equipado con flechas, el símbolo y arma preferida de los Chichimecas. Vergara (2010) sugiere interesantemente que estos centauros indican la tremenda habilidad de los Chihcimecas para domesticar caballos y usarlos como armas de guerra. Atacará por la espalda a un guerrero cristiano, en contraste todos los guerreros cristianos atacan de frente.

En la centenaria posición mesoamericana de vencedor-vencido, un guerrero coyote en regalía completa de batalla somete a un flechero que muere en el proceso. El guerrero coyote surge de una flor cual fruto.

Un guerrero áquila captura a una amazona chichimeca que aparentemente está embarazada.

Video de un recorrido completo del interior de la Iglesia-Fortaleza de San Miguel Arcángel.

Notas del autor.

Nota 1. Estos frescos permanecieron olvidados bajo la plasta de yeso por más de tres siglos hasta que fueron casualmente descubiertos en 1955 y cuidadosamente restaurados por las manos expertas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desafortunadamente, altares grecorromanos y capillas habían sido incrustados durante este periodo y los mutilaron permanentemente. Aún así, el 20% de la historia en imágenes de estas batallas permanece intacto.

Nota 2. Entre los profesionales (yo sólo soy un aficionado) existen al menos tres diferentes interpretaciones de  los murales de Ixmiquilpan. Está aquella que los identifica como escenas de batallas míticas del pasado revividas con fines guerreros de su presente (Wake, 2000), está otra que los interpreta como herramienta de manipulación de los monjes agustinos sobre los indios Otomíes para utilizarlos como carne de cañón (Vergara, 2010) y una tercera –que influenció mayormente este post- la de Wright (1998) donde se interpreta a las pinturas como representaciones de batallas actuales en su momento y una abierta y voluntaria acción de los Otomíes para registrar su propia historia.

Nota 3. Vergara (2010) interpreta que el color de los guerreros Otomíes sea más claro que el de los Chichimecas -llegando incluso al rubio- como un indicador de superioridad racial al identificarse con el color del conquistador más que con el del indio Chichimeca. Yo pregunto, ¿no cabe la posibilidad de que estos guerreros Otomíes –especialmente sus capitanes- hayan sido realmente más claros de piel que los chichimecas?, es decir, ¿que sean mestizos de primera o segunda generación culturalmente “indigenizados” y no indios puros intentándose ver como españoles?.

Nota 4. El pequeño relato ficticio con el que inicia este post fue inspirado en la descripción que hace Don Francisco de Sandoval Acacitli de la fiesta de navidad de 1540. Don Francisco fue el capitán indio y principal de las fuerzas de Chalco al servicio del Virrey de Mendoza durante la guerra del Mixtón. En esa navidad, antes de entrar en combate, él y sus guerreros bailaron cantos de guerra en honor al nacimiento de Jesús (Schroeder, 2007):

El domingo que fue el día de la natividad, toda la gente se fue al campo. Y el día del festival de nuestro señor Jesucristo, aquellos de Amecameca hicieron sus danzas. Y el tercer día de la navidad, Don Francisco bailó, y cantó la canción chichimeca. Hubo flores e incienso, comida y cacao que se ofreció a los principales, y todas las naciones de las provincias bailaron, con sus brazos y escudos y sus macahutil, todos bailaron, sin excepción.

Para saber más, el Fantasma Pachuco recomienda las siguientes lecturas:

Schroeder S. (2007). The genre of conquest studies. En: Indian Conquistadors, Matthew LE y Oudijk MR (Eds.).University of OklahomaPress.

Vergara A (2010). Las pinturas del templo de Ixmiquilpan, ¿evangelización, reivindicación indígena o propaganda de guerra?. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Wright DC (1998). Sangre para el sol, las pinturas murales del siglo XVI en la parroquia de Ixmiquilpan, Hidalgo. Memorias de la Academia Mexicana de la Historia 41:73-103.

Wake E (2000). Sacred books and sacred songs from former days: sourcing the paintings at San Miguel Arcángel Ixmiquilpan. Estudios de la Cultura Náhuatl. 32:608.