Niños olvidados en el puente.

Posted on 22 julio, 2011

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Manejando en Tuxtepec, Oaxaca, México, frente al ingenio López Mateos sobre un puente de alto tráfico vehicular, tráfico pesado. Afuera estamos a 40ºC y 70% de humedad, el sol pega a todo. Aquí a diario hay niños y niñas entre 10 y 15 años reparando los baches del asfalto. A cambio piden monedas que a veces les arrojan desde los carros. Por supuesto no hay señalización, ni seguridad. Se juegan su corta vida, entre coches y tráilers. Respiran el polvo que levantan los carros, extienden sus manos pidiendo dinero. Son niños olvidados en el puente. Invisibilidad nacional e internacional. Indiferencia garantizada.

Los niños de la calle no son manchas en el paisaje, son humanos… todavía.

La Casta Divina ahoga a los mexicanos en impuestos, gasolinazos, tarifas eléctricas descomunales, propaganda obscena y guerra. Con el sistema inmune de la resistencia debilitado, el virus de la apatía infecta a la sociedad y promueve el credo de lo mío es mío y no hay más.

Mientras tanto, a lo largo y ancho del país millones de mexicanos son olvidados por su patria, sus compatriotas ensimismados y sus leyes muertas. Y los que más sufren son los más débiles, los más pequeños, los niños.

El niño de la calle se ha convertido en algo natural de esta jungla, el eslabón más bajo de la cadena de alimentación de hienas y chacales. Explotados de las formas más viles posibles son encargados de tareas degradantes o peligrosas, siempre y cuando dejen una moneda para el depredador en turno. No pocas veces los capataces de la humillación son sus propios padres o familiares cercanos, a su vez deshumanizados por décadas de abandono que ellos mismos han sufrido en la más miserable de las pobrezas.

Los clasemedieros estudiados se avergüenzan ante sus amigos extranjeros de estos niños, no son humanos abandonados, son algo feo que empaña la visión turística de México. No pocas veces el clasemediero tiene más lástima por un perro que por un niño de la calle. Nos indignamos porque los Sub-22  meten golfas en el hotel, pero no alzamos la voz por el niño amarillo de la esquina. Por dentro y por fuera aquel que tiene una quincena segura se pregunta cínicamente por qué no trabajan, porque se humillan, por qué no estudian.

Pero el niño de la calle no vive una pobreza convencional, vive en la peor de las pobrezas, la pobreza absoluta donde sólo le quedan sus instintos a la mano para hacer lo que pueda y vivir un día más. Vivirá su vida sin un trampolín de lanzamiento, sin agua donde aterrizar, sin entrenador que le enseñe a dar piruetas, sin toalla que lo seque… sólo será arrojado al vacío desde lo alto.

Abre los ojos, quítate la venda de la apatía y el egoismo, siente otra vez el coraje, -¿qué más da? el corazón está hecho para romperse- mira a los ojos al niño de la calle y deja que la indignación surja de ti otra vez. Mira el brillo seco de sus ojos y sabrás que desde arriba mienten. Haz algo por él o ella desde tu conciencia y tu acción. Al menos habla de ellos, al menos míralos, no son manchas en el paisaje, son humanos… todavía… no te extrañe que unos cuantos años hayan dejado de serlo para formar parte de las hordas de chacales y hienas que asolan al país.