Basurero Municipal, Frutas Podridas

Posted on 31 mayo, 2011

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Intoxicados por promociones de meses sin intereses y boletos gratis para el cine, la clase media mexicana está dividida en sus opiniones sobre la Guerra contra el Narco. La parte que es más difícil entender para el clase mediero es la razón por la cual alguien se deja reclutar por el crimen organizado y cómo llega la degradación de la mente del sicario y de sus sentimientos humanos.

Desplazados, corrupción, ciudades vacías, comercio deprimido, retenes con soldados tensos, camionetas sin placas corriendo a toda velocidad, muertos aquí y allá. Cosas tangibles de la vida diaria que hacen evidente que la estrategia de Felipe Calderón contra los Cárteles de las drogas no funciona… y eso que Tuxtepec no es uno de los epicentros.  No obstante, a nivel nacional el 35% de la población apoya la Guerra contra el Narco, el 46% la desaprueba, un 19% no tiene opinión.

Sin tener un conocimiento preciso del perfil económico de los encuestados, es de esperarse –como es usualmente el caso de estas encuestas- que represente la opinión de la clase media mexicana.

Muchos creemos que las causas de esta violencia residen en la pobreza extrema. Una pobreza que sea tan cruel que cualquier cosa sea mejor que ella, una pobreza tan miserable que borre de ti cualquier dejo de ilusión, una pobreza tan profunda que te convierta en un ser capaz de las atrocidades más enormes imaginables.

Un indicativo de lo anterior puede ser que todos los grandes capos actuales provienen de las zonas más miserables del país: Triángulo Dorado en Sinaloa, Tierra Caliente en Michoacán, las sierras de Oaxaca, los ghettos de Matamoros y Ciudad Juárez (buscar la serie Rostros del Narco de Proceso).

El BlogChinaco se encontró con esa pobreza en el basurero municipal de Tuxtepec en Oaxaca y presenta un pequeño fotoreportaje de la tristeza materializada en la pepena (nahuatlismo que significa “hurgar”).

Un espectáculo dantesco de mujeres y niños –mayoritariamente- que pepenan entre la basura latas y plástico que venderán a un precio irrisorio (25 centavos el kilo) a las compañías de reciclaje. Buscan ropa, juguetes y –sospecho- que también desperdicios de comida.

Almas olvidadas por su país y sus compatriotas. Frutas podridas. Los menos osados continuaran en el ciclo de pobreza, los más curiosos migrarán a la ciudad, robarán carteras e inhalarán thiner. Los más osados serán reclutados por el crimen organizado, primero por unos pesos seguirán a los soldados. Después, por seis mil pesos al mes podrán degollar a quien se les ordene. Morirán jóvenes en un tiroteo con el ejército y un segmento de la clase media dirá “¡malditas frutas podridas!, eso les pasa por no estudiar”. Invisibilidad nacional e internacional, indiferencia garantizada, caldo fértil para el terror.

En medio de un pequeño valle en las afueras de Tuxtepec, Oaxaca, se levanta un enorme relleno sanitario sobre las colinas. De lejos se observa el vuelo de los zopilotes y un enorme trascabo que amontona basura en medio de una nube de polvo. De cerca, se observan muejeres y niños -mayoritariamente- pepenando basura.

A 40ºC, humedad de 70% y un aroma fétido, van caminando los pepenadores sobre bolsas de basura. Sin ninguna protección sanitaria, hurgan con sus manos buscando juguetes, ropa, reciclables. Sólo tienen unas carpas para protegerse momentáneamente del sol.

Al fondo del basurero se acumulan los lixiviados. Líquidos que han escurrido de la basura arrastrando con ellos compuestos tóxicos de las más variadas naturalezas. Con la acción del sol, se concentra el lodo tóxico sobre el cual pasan los niños inocentes e ignorantes del peligro con el que se mojan sus pies.

Niños que no van a la escuela, abandonados de la sociedad conviven con zopilotes, desechos peligrosos y polvos insalubres. Cualquier cosa es mejor que esto.

En la meseta del basurero, bajo un sol aplomador, los niños acarrean el plástico que sus madres venderán por centavos a los intermediarios que luego lo revenderán a mejor precio a las grandes compañías de reciclado en Veracruz.

Sin tregua del clima ni de la miseria, sólo queda sentarse un momento en la carretilla mientras su padre acomoda la bolsa gigante de PET por la cual obtendrá 40 pesos, si bien les va. Entre estas tristes estampas no hay espacio para los heroísmos, nadie de aquí se convertirá en empresario, ni universitario. No es fácil encontrar una salida digna de este agujero.

Al percatarse del fotógrafo invasor, las mujeres que llegaban de las colonias pobres a trabajar en el basurero comenzaron a decir el tradicional "foto, foto". Al ver que apuntaba hacia ellas, algunas se escondieron por verguenza inocente, otras decidieron saludar. A pesar de la miseria aún hay ánimos para sonreir. El ser humano no es malo intrínsecamente. El futuro de México se está perdiendo en estos rincones olvidados.